martes, 22 de noviembre de 2011

“El señor de la luz”, por primera vez traducido al español

Con "El señor de la luz", la novela del francés Maurice Renard traducida por primera vez al español por César Aira, llega a Hispoanoamérica una obra de ciencia ficción de un autor prolífico e ignoto, contemporáneo de Julio Verne, que combina romance e intriga con extrañas puertas de acceso al pasado.
La novela comienza cuando Charles Christiani viaja al castillo de Silaz a investigar sin convicción apariciones fantasmales denunciadas por viejos caseros y en el ferry conoce a la señorita Ortofieri: el resto será unir esas cuestiones con la resolución de un crimen, sumado a la pasión de Renard por la ciencia, que se traduce en el descubrimiento de la `luminita`, raras placas refractarias donde puede verse el pasado como en un mp4.
Así, el libro publicado por La bestia equilátera (LBE) puede leerse como una clásica historia romántica en un contexto delirante; una novela de misterio -develar el asesinato se vuelve central-; o un inusual repaso histórico que va de la Revolución Francesa y Napoleón, pasando por la Restauración hasta la modernidad, justo un año antes de La Gran Depresión.
Los locos años 20, el atentado de Fieschi o las tensiones sociales de una Francia que por entonces administraba el territorio de Sarré (hoy alemán), se cuelan en la trama con la misma importancia que las asombrosas placas –hallazgo de un corsario en una isla que se hunde-, o la pasión fulminante del protagonista y Rita, herederos de familias antagónicas, algo así como Capuletos y Montescos.
Esta publicación tiene un valor agregado: los lectores pueden empezar a conocer una parte muy representativa de la CiFi escrita por autores franceses, que estuvo relegada por años y no trascendió mucho más allá de Julio Verne, porque se trata de un género considerado mayormente anglosajón (por definición) o anglófilo (por imitación).
“Una de las condiciones de esta elección es que Maurice Renard (1875-1938) –a quien muchos dan por leído porque confunden con Jules Verne (1828-1905)- cumplía un requisito Bestial: pertenece al núcleo de autores importantes dejados de lado por el ‘mainstream’ editorial, y no al de los que se invocan a cada rato como raros”, dice a Télam Luis Chitarroni, de LBE.
“La misión de la Bestia –asegura- es encontrar algo extraordinario y no visto en el centro mismo del laberinto, donde las otras brújulas ya están mareadas” y, por otra parte, sostiene que “no puede existir mejor traductor para ‘El señor…’ que Aira”, porque es su obra preferida de Renard.
Aira ama con la misma seridad y delicadeza tanto las convenciones de la novela francesa como sus exabruptos y extravíos; hace oscilar la línea de belleza natural de la narrativa de Julio Verne a Raymond Roussel sin perder el equilibrio; y permite leer lo tradicional y extravagante de Renard como si la novela hubiera sido escrita la primera vez en la lengua en que la leemos", resume el editor.
Más conocido por "Las manos de Orlac" -la historia tres veces llevada al cine de un cirujano que pierde sus manos y le injertan las de un asesino-, Renard escapa a la noción clásica de ci-fi con una pródiga imaginación y una fuerte toma de posición: para él el escritor debía ejercer de divulgador y científico, presentando a sus lectores los avances del progreso.
Fuera de las convenciones ¬–sus obras oscilan entre el terror, la intriga y la anticipación- legó creaciones como “El peligro azul”, donde seres extraterrestres invisibles visitan la Tierra con intensiones malsanas; o “Doctor Lerne, imitador de Dios”, uno de los grandes clásicos de las historias protagonizadas por científicos locos, en este caso en un laboratorio de horrores.
Renard descubrió temprano a Edgar Allan Poe en la traducción de Baudelaire “y su destino literario quedó sellado”, se lee en las solapas del libro editado por LBE.
Los románticos alemanes y la narrativa escandinava fueron sus siguientes pasiones; que continuó con la escritura de obras de teatro –“La langosta, bautade patológica en un acto y seis alucinaciones” es una de ellas-; y con la imitación del japonés medieval como parte de un entrenamiento para “ensayar lo diverso”, concluye la cuidada edición.

Fuente: Telam.com.ar

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