domingo, 23 de junio de 2013

El burro y la noria

Desde muy pequeñito el burro aprendió que tenía que mover la noria. Y tenía que hacerlo sin parar. Si se detenía le llovían palos. Tenía entonces miedo y dolor. Sin darse cuenta se acostumbró a esa vida. Sus dueños calculaban que podía trabajar hasta unas 16 horas al día sin mayor detrimento de su salud. Le habían programado una vida útil de unos 10 años. Entonces, cuando su rendimiento decreciera sería vendido al matadero para que sus restos fueran convertidos en comida para mascotas. En realidad querían maximizar sus recursos. Pero el burro no sabía nada de esto y estaba contento. La comida era adecuada y terminaba tan cansado que en el tiempo que le quedaba no hacía más que dormir. Como no tenía nada que desear, no soñaba. Tampoco pensaba pues estaba íntegramente concentrado en su tarea. Y así pasaban los años dando vueltas y vueltas para mover la noria. 
Un día llovió tanto que el suelo estaba fangoso. De repente el burro se resbaló y se cayó. Su amo, siempre atento a su desempeño, le dio un buen palazo. Ese dolor inesperado fue una iluminación que disparó el pensamiento del burro. Para empezar el castigo había sido injusto pues la caída no era resultado de una falta de empeño. Pero, además, y sobre todo, ¿no era su vida insatisfactoria y reiterativa? ¿no habrían otras vidas más felices? Hasta ahora había estado contento pero solo porque no pensaba. Entonces comenzó a preguntarse sobre lo que realmente quería.
Todas estas ideas que no cesaban de cruzarse por su cabeza hicieron que su paso no fuera tan regular como antes. Ahora vacilaba. Por momentos estaba como ausente y se detenía sin darse cuenta. Entonces venían los palos. No obstante estos castigos no lo regresaron a la satisfacción ni a la regularidad sino que lo hicieron más pensativo y añorante. En las noches comenzó a soñar. Su sueño favorito era cuando se imaginaba con una manada de burros en un prado silvestre corriendo sin dirección pero con placer. Se levantaba malhumorado y en el día la jornada de trabajo se le hacía cada vez más larga y tediosa. Ya no estaba contento. Algo estaba esperando pero el problema era que no sabía lo que quería.
Entre tanta incertidumbre comenzó a sentir añoranza de esos días pasados donde el trabajo agotaba sus energías. Eso de pensar y soñar resultaba una maldición. Viéndolo bien no le había traído nada bueno. Estaba cansado y por más que pensaba no lograba imaginar lo que deseaba. Entonces se le ocurrió que si disminuía su ritmo de trabajo le habrían de pegar más y más; tanto que no le quedaría sino caminar ligero hasta olvidarse de todo lo que le había pasado y volver a ser el de antes. En consecuencia, un día soleado decidió no seguir empujando la noria. Su dueño se le acercó pensando que estaba enfermo. Pero cuando se dio cuenta que estaba sano lo molió a palos. Entonces, el burro confirmó que su mayor anhelo era evitar el dolor de manera que comenzó a moverse rítmicamente, con el contento de antes.














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